La Abuela, El Diablo y Un Pacto de Amor Inquebrantable

La Respiración en la Palma

El hocico de «El Diablo» rozó la palma de Elena.

Un contacto apenas perceptible, pero que envió una descarga eléctrica por todo su cuerpo.

No era el calor de la piel. Era la fuerza contenida, la potencia pura que emanaba del animal.

El caballo resopló una vez más, y Elena sintió el aliento cálido y húmedo en su mano.

Por un instante, sus ojos, antes llenos de furia, parecieron suavizarse.

Fue solo un instante. Un espejismo.

«¡Cuidado, Elena!», gritó alguien de la multitud, rompiendo el hechizo.

El Diablo levantó bruscamente la cabeza, relinchando con violencia.

Retrocedió unos pasos, golpeando el suelo con sus patas delanteras, sus ojos volviendo a encenderse con ira.

Elena no se movió. Su mano seguía extendida, aunque ahora temblaba visiblemente.

El caballo dio una vuelta en círculo, bufando, observándola con desconfianza.

«No te acerques, abuela», murmuró un joven vaquero, Jesús, el más valiente de la región, que había intentado domarlo sin éxito. «Es demasiado peligroso.»

Elena lo ignoró. Su mente estaba fija en Miguel, en su sonrisa débil, en esa chispa de esperanza.

Sabía que no podía rendirse. No aún.

Cada día, regresó al potrero.

No con una soga, no con un látigo. Solo con su presencia.

Se sentaba a una distancia prudente, observando al caballo.

Estudiando sus movimientos, sus estados de ánimo.

Llevaba manzanas, trozos de zanahoria, pequeñas ofrendas de paz.

Al principio, «El Diablo» la ignoraba, o la miraba con desprecio.

Relinchaba, corría salvajemente por el potrero, como si quisiera demostrarle su indomable espíritu.

Pero Elena era paciente. Una paciencia forjada en setenta años de vida, de criar a un hijo, de enfrentar adversidades.

Días se convirtieron en semanas.

La gente del pueblo, que al principio se reía, ahora la observaba con una mezcla de asombro y admiración.

La abuela no se rendía.

La Promesa Silenciosa

Un atardecer, mientras el cielo se teñía de naranja y púrpura, Elena estaba sentada en la valla.

«El Diablo» se acercó. Lentamente.

No con furia, sino con cautela.

Se detuvo a unos metros de ella, sus ojos ya no rojos, sino de un profundo color ébano.

Elena le ofreció una manzana, extendiendo su mano con la misma dulzura de la primera vez.

Esta vez, el caballo no relinchó.

Bajó su cabeza y, con un movimiento delicado, tomó la manzana de su mano.

El roce de su hocico, el aliento cálido, fue diferente. No había amenaza. Solo una curiosidad contenida.

Elena sintió las lágrimas en los ojos. Una pequeña victoria. Un rayo de esperanza.

«Gracias, mi hermoso», susurró, acariciando suavemente su cuello.

El Diablo no se apartó. Incluso pareció disfrutar del contacto.

Fue un pacto silencioso. Un inicio.

Pero domar a «El Diablo» era más que una manzana. Era subir a su lomo.

Los días siguientes, Elena intentó acercarse más.

Ponerle una mano en el lomo.

El caballo, aunque ya no era violento, seguía siendo impredecible.

A veces la dejaba acercarse, otras veces se alejaba con un movimiento rápido, como un fantasma.

Su hijo, Miguel, seguía en el hospital. Su condición empeoraba.

Los médicos hablaban de días, quizás semanas.

La urgencia crecía en el corazón de Elena.

«Mamá, ¿cómo vas con tu misión?», le preguntó Miguel un día, con la voz más débil que nunca.

«Bien, mi amor. Pronto verás a ‘El Diablo’ manso», mintió Elena, con una sonrisa que le dolía.

No podía quitarle la esperanza. Era lo único que le quedaba.

Sabía que el tiempo se agotaba.

Tenía que intentarlo. Tenía que montar a «El Diablo».

Una mañana, Elena decidió que era el día.

El sol brillaba con fuerza, pero ella sentía un frío gélido en el estómago.

Se acercó al caballo, que pastaba tranquilamente.

Le acarició el lomo, el cuello.

«Necesito tu ayuda, mi hermoso», le dijo, su voz apenas un murmullo. «Mi hijo te necesita.»

El Diablo la miró, sus ojos profundos.

Elena tomó una bocanada de aire y, con toda la fuerza que le quedaba en sus setenta años, intentó subirse a su lomo.

Fue un movimiento torpe, lento.

El Diablo sintió el peso, el cambio en su equilibrio.

Relinchó con furia, sus ojos volviendo a encenderse.

Se encabritó violentamente, lanzando a Elena por los aires como un muñeco de trapo.

Cayó al suelo con un golpe seco, el dolor estallando en su cadera.

El Diablo corrió salvajemente por el potrero, su relincho de victoria resonando en el aire.

Elena se quedó tendida en el suelo, el dolor físico eclipsado por el dolor en su alma.

No podía. No podía.

Las lágrimas brotaron, calientes y amargas.

El dinero. Su hijo. La esperanza. Todo se desvanecía.

Sentía el peso de la derrota, la impotencia.

¿Cómo iba a decirle a Miguel que había fallado?

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